Gracias al chistecillo de la semana pasada, las visitas a mi blog aumentaron de 1 a 3 (¡un incremento del 300%!). Agrego otro chascarrillo, para ver si alcanzo las 5 visitas semanales.
 

Al consultorio de un médico llega un hombre ya entrado en años (un "adulto en plenitud" como les llamamos ahora). Su paso era lento y su voz temblorosa.
 
– Buenos días, doctor.
– ¡Buenos días, abuelo! ¿En qué le puedo servir?
– ¿Abuelo? ¿Eh? Si ni familiares somos, o a lo mejor soy tu padre, jovencito irrespetuoso, ¿eh? Viejo el más joven de tu casa.
– Disculpe señor, no quería ofenderlo, solamente trataba de ser amable.
– ¿Amable? Vaya a ser amable con su abuela ¿eh? que esa sí es vieja, y ya debe extrañar las amabilidades de los varones, ¿eh?
– Ya señor, por favor discúlpeme. Mejor dígame qué le duele.
– ¿Que qué me duele? A mí no me duele nada, medicucho de a peso, ¿eh? Estoy sano y fuerte como un roble, ¿eh? Yo nada más vengo a una revisión, o como decimos los jovencitos que estamos en la onda, vengo a un "Check-up".
– Ah, muy bien señor. ¿Y de qué quiere que lo revisemos en particular, o desea un chequeo general?
– Mire, yo solamente quiero que me diga, si a mis 89 años, todavía puedo tener hijos, ¿eh? Si todavía puedo engendrar descendencia. Quiero saber si todavía soy fértil…
– ¿En serio? – dice el doctor sin poder disimular su risa
– Mire chamaco zopenco, sépase usted que, a su edad, yo era todo un Casanova, ¿eh? Todas las damiselas hacían fila para disfrutar de mis capacidades de varón, ¿eh? A lo mejor hasta su madre estaba entre esas suripantas que gozaron de mis mieles, ¿eh? Hágame un análisis de semen y déjese de tarugadas.
– Oiga, pero ¿de qué sirve que las balas estén buenas si la pistola ya no sirve?
– Mire, escuincle imberbe, no se haga el chistosito que no me estoy riendo, ¿eh? ¿Qué está insinuando? ¿Eh? Sépase que todavía está como soldado, se levanta al primer cornetazo, ¿eh? A ver si cuando llegue a mi edad, si llega, puede levantar toallas mojadas como le hago yo, ¿eh?
– Está bien, señor. Vamos a hacerle un análisis de esperma – dice el doctor, sacando del cajón de su escritorio un pequeño frasquito de vidrio con su tapadera. – Por favor ponga un poco de esperma en este frasquito, para hacerle un conteo de espermatozoides, y revisar si todavía están sanos.
– ¿Y para qué me da un frasquito tan chiquito, eh? A ver si no se me desborda, ¿eh? ¿Y dónde lo lleno, aquí frente a usted? No me vaya a salir medio rarito, ¿eh?
– No señor, si gusta, pase aquí al baño. Oiga, – le dice el médico, esta vez sacando unas revistas de esparcimiento erótico (unas pornos para los desentendidos) de su escritorio – ¿no necesita ayuda?
– ¿Cómo? ¿Me quieres ayudar? Móndrigo muerdealmohadas, para eso me gustabas, ¿eh? Ya decía yo que esos moditos no eran de gente decente, ¿eh?
– No, señor, yo pensaba prestarle estas revistas para…
– Mejor préstame una hermana, ¿eh? Que esa sí debe saber cómo ayudarme… o de perdida una enfermera, ¿eh? ¿Cómo que unas revistas, eh? ¿Piensas que no tengo imaginación, ni recuerdos, o qué? No cabe duda que estos jóvenes ya no entienden de romanticismo.
– Bueno, señor. Ya lléneme ese frasquito y deje de insultarme.
– No me andes carrereando, ¿eh?  Voy a durar un buen rato, para que no te desesperes.
– Si, supongo que esto es lo más parecido a una cita que ha tenido en mucho tiempo. ¿No quiere que le sirvamos una copa de vino al frasquito?
– Mire, jovenzuelo insolente, no le suelto sus catorrazos porque necesito las energías, ¿eh? Pero ahorita saliendo le voy a poner una zurra que le van a doler hasta los zapatos, ¿eh?
 
Por fin el viejo se mete al baño. El doctor se sienta en su escritorio a esperarlo. Pero pasa una hora y el anciano no sale; pasan dos horas y sigue en el baño. Finalmente, a las tres horas, sale el viejo con el rostro desencajado, pálido, con paso tembloroso, con lágrimas en los ojos… y con el frasquito vacío.
 
– ¿Pues qué pasó, señor? – le pregunta con compasión el médico. El viejo lo mira lentamente, con profunda tristeza, y luego baja la mirada y con seriedad le responde:
– Mire doctor. Estuve intentando una hora con la mano derecha. Luego, estuve una hora con la mano izquierda. Luego estuve ¡una hora, con las dos manos!…
 
…¡Y no pude abrir el maldito frasquito!
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