OK, la entrada anterior del blog estuvo muy tétrica. Para aligerar el ambiente, y para emparejarme con mis intenciones de publicar un chiste cada semana, aquí está el esperadísimo (¡huy, si!) chascarrillo de la semana.
 

La pareja de esposos llevaba ya 15 años de casados, y durante esos 15 años, el marido siempre había exigido llevar a cabo sus obligaciones maritales más íntimas en la total y completa oscuridad. Sin importar la situación, ni la cantidad de líbido involucrada, invariablemente el marido apagaba las luces, cerraba cortinas y cubría cualquier resquicio de luz que se pudiese colar y así violar la privacidad del precaz momento. Por supuesto, ni pensar en entregarse a tales placeres impúdicos durante el día, acto por demás rechazado por las personas decentes.
 
Claro que después de 15 años, a la esposa se le hacía cada vez más ridícula esa situación, por lo que decidió poner fin a esa extraña manía de su marido. Preparó la cama de tal forma que el cable del interruptor de la lámpara de mesa se encontraba colocado estratégicamente bajo la almohada. La mujer esperó hasta que oscureciera, luego se mostró seductora y provocativa, hasta que logró su objetivo y entraron los dos a la recámara. Mientras el marido llevaba a cabo su ritual de eliminación de luz, la señora se acomodó en la cama y puso el interruptor a su alcance.
 
Al poco rato estaban en lo que estaban, cuando en lo más intenso del intercambio carnal, la señora enciende la luz de golpe. El esposo, sorprendido y encandilado, proyecta su cuerpo hacia atrás. ¡Mayúscula sorpresa se lleva la señora cuando observa que su marido, en su mano, sostenía uno de esos artilugios que se venden en las tiendas para adultos, diseñados con el fin de brindar consuelo a las damas solitarias! Y cabe decir que el tamaño de dicho objeto era bastante generoso, hasta para los conocedores. Peor aún, en la entrepierna del cónyuge se podía apreciar un modesto (muy modesto) miembro viril, flácido como moco de guajolote.
 
La señora, furiosa, sintiéndose humillada, empieza a golpear a su marido, insultándolo. -¡Bastardo IMPOTENTE! ¿Cómo fuiste capaz de engañarme todos estos años? ¡Canalla infeliz!
 
El marido, apenado, como niño al que atrapan copiando en el examen, soportaba las agresiones y los golpes con resignación.
 
-¡Ah, pero ya me lo decía mi madre, que no me casara contigo por INÚTIL! ¡Imbécil! ¿Sabes que esto es causa de divorcio? ¡Poco hombre! ¡Pero esto me lo explicas en seguida!
 
El esposo, sin perder la calma, con voz pausada, le contesta:
 
-Muy bien, de acuerdo. Yo te explico lo del juguetito, y tú me explicas lo de los niños.
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