Mucho se ha comentado sobre el muro que desean construir los estadounidenses a lo largo de la frontera con nuestro país. Las expresiones de enojo e indignación sobran. Y es comprensible: el muro, además de costoso, no detendrá la migración, y solamente muestra un rostro intolerante y xenofóbico del gobierno norteamericano.
 
Pero, como las monedas, cada historia tiene dos lados. Un artículo publicado hoy por Sergio Sarmiento me hizo reflexionar sobre el tema. El periodista menciona que nuestras leyes de inmigración son mucho más estrictas que las de los Estados Unidos, y por eso hay muy pocos extranjeros trabajando en nuestro país. Nos invita también a preguntarnos ¿es mejor o peor el trato que reciben los indocumentados mexicanos en Texas que el que reciben los indocumentados centroamericanos en Chiapas? ¿Cómo estamos tratando a los inmigrantes guatemaltecos, salvadoreños, nicaraguenses? ¿Nos hemos dado cuenta de la discriminación que nosotros mismos aplicamos contra los extranjeros en nuestro país, sean o no ilegales?
 
Por otra parte, la razón de que existan miles de inmigrantes ilegales en Estados Unidos es porque México no ha sido capaz de darles los empleos y el nivel de vida que los Estados Unidos sí ofrecen (o parecen ofrecer). Mientras los ingresos en Estados Unidos sigan siendo 10 veces mayores a los de México para el mismo empleo, mientras los impuestos que se pagan en nuestro país sigan siendo mucho mayores en proporción que los que se pagan allá, mientras que las tasas de desempleo sean tan dispares entre ambos países, seguirán existiendo inmigrantes ilegales que, irónicamente, le brindan su segunda fuente de ingresos al mismo gobierno que los obligó a abandonar su país.
 
Si, debemos criticar a los Estados Unidos. Las medidas propuestas son adecuadas para el siglo pasado, y tan efectivas como un cerillo quemado; la xenofobia y la segregación no pueden justificarse. Pero también debemos de mirarnos en el espejo y revisar nuestras leyes de inmigración y nuestras políticas económicas, antes de rasgarnos las vestiduras y criticar a nuestros vecinos del norte. Antes de criticar el racismo de los gringos, revisemos nuestro propio racismo contra los extranjeros y naturalizados. No sea que nos mordamos la lengua muy fuerte.
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