OK, suficiente de política por ahora. Mejor, un chascarrillo.
 

Se encuentran dos amigos por la calle. Después de saludarse, uno de ellos le pregunta al otro:
 
– ¿Cómo te fue en tus vacaciones?
– Pues bien… bueno, más o menos.
– ¿Por qué, qué pasó?
– Pues… no, mejor no te digo nada; me da pena, es algo vergonzoso.
– Vamos, soy tu amigo. Platica.
– No, es que…
– Anda, si no se lo cuentas a tus amigos, ¿entonces a quién?
– Bueno – contesta el amigo, dubitativo. – Ok, te voy a contar, pero prométeme que no se lo vas a decir a nadie.
– No te preocupes, mi boca será una tumba.
– Bueno… pues resulta que estaban ofreciendo clases de paracaidísmo, y ahí voy yo hacíendome el valiente. Total, ya en el avión estaba todo listo, yo traía mi paracaídas bien colocado, varias personas brincaron antes que yo… pero cuando vi el vacío, sentí mucho miedo.
– Vamos, hombre. No debes avergonzarte por eso, a cualquiera le da miedo brincar en paracaídas, sobre todo si es la primera vez.
– ¡No! Déjame terminar. Como no me animaba, llegó el instructor y comenzó a animarme… pero yo no quería brincar, estaba aterrorizado. Después de un rato, el instructor molesto me comenzó a decir: "Se me hace que tienes miedo, mariquita. ¿Eres hombre, o eres vieja? ¡Se me hace que te gusta el arroz con popote!"
– Ah, caray, ¿de plano? ¿Así de agresivo?
– Pues sí, pero yo seguía sin querer brincar. Siguió diciéndome de cosas y luego me amenazó: "Mira, amigo, si no brincas, ¡aquí mismo te sodomizo! ¡Te va a tocar perder! ¡Vas a sentir la macana!"
– ¿¡Cómo!? ¿Amenazó con ultrajarte? ¡Qué tipo!
– Si, y además estaba peludo, grandote… ¡bien musculoso!
– Bueno, ¿y brincaste?
– Pues si, al principio… poquito.
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