Vaya. Casi dos meses sin actualizar el blog. Mis millones de lectores saturan mi correo electrónico, exigiendo que agregue más contenido y amenazando con suicidarse (ya se han matado dos).
 
No me he dado el tiempo para poner más comentarios. Desafortunadamente se me fueron oportunidades de oro para platicar sobre la legalización del aborto, la liberación de "Napito", el fracaso de los verdes en el intento por ascender, la decepción que ha resultado la Selección Mexicana y otras tantas cosas más de las que valdría la pena comentar.
 
Por lo pronto y para quitarle el óxido al blog, agregué unas fotos más del heredero, y también incluyo unos chistes que me contaron sobre consultores. Aclaro que, cuando me los platicaron, el consultor era yo (¿qué me habrán querido decir?)

Una agitada y maltrecha dama, entrada ya en sus cuarentas pero de voluptuosas carnes, entra a la delegación del Ministerio Público, con el vestido maltratado, el maquillaje corrido y despeinada.
– ¡Quiero denunciar una violación! ¡Fui violada por un consultor!
– Bien, "señorita" – responde, por decirle de alguna forma, el oficial que la recibió. – Por favor díganos el nombre de tan perverso gañán, y procederemos a mostrarle el duro e incorruptible brazo de la ley mexicana.
– No sé cómo se llama el tipejo. Solamente sé que es un consultor.
– Bueno, entonces díganos como era el presunto implicado en el ilícito. ¿Alto o bajo? ¿Gordo, delgado? ¿Rubio? ¿Cómo era?
– No pude verlo bien. Estaba en un callejón oscuro. De lo que estoy segura es que era un consultor.
– Bueno, ¿y algún olor que recuerde? ¿Alguna marca de loción que identifiqué? ¿Por lo menos nos podría decir el tamaño del cuerpo del delito? Eso sí debe saberlo…
– No sé, yo lo sentí de tamaño normal… es decir, nunca he sentido uno, pero creo que era de tamaño normal. Lo que sí sé es que era consultor.
– ¡Bueno, con un demonio! ¿Si ni siquiera lo recuerda físicamente, cómo puede estar tan segura de que era un consultor?
– Ah, fácil – contesta la denunciante. – Él no hizo nada, ¡yo tuve que hacerlo todo!
 
—————-
 
Un viejo pastor se encontraba (cosa extraña) pastoreando a su rebaño de ovejas. Lo acompañaba "Solovino", su fiel perro Pastor (claro) Alemán. En eso estaba tranquilamente, cuando de pronto sale de la nada un precioso BMW deportivo, que se acerca al sorprendido pastor, frenando con un ruidoso rechinido a unos cuantos metros. Del auto, sale un joven empresario, elegantemente vestido con ropa de marca, y con unos costosos lentes oscuros. Acomodándose el cabello, se acerca con paso firme y con actitud soberbia al pastor, que lo miraba como si fuera un bicho raro.
– Si le digo cuántas ovejas hay en su rebaño, me llevaré una – le dice el joven al pastor, sin saludar y sin quitarse los lentes. – ¿De acuerdo?
El pastor, sorprendido, acepta el desafío.
Rápidamente, el joven ejecutivo regresa a su automóvil y saca una fina maleta de piel, de donde extrae una laptop nuevecita, con lo último de lo último. La abre, da unos cuantos teclazos, y después regresa con el pastor, con aire triunfante.
– Usted tiene 136 ovejas en su rebaño. ¿Es correcto? O sea, ¿verdad que si?
– Sí, señor. Es correcto – contesta el pastor, completamente asombrado.
– Entonces me llevaré una de sus ovejas, como quedamos.
– De acuerdo – contesta el pastor. – Solamente dígame como le hizo para saber el número, y se la puede llevar.
– Claro, o sea, está mil de fácil – contesta el joven, sin quitarse los lentes de sol. – Me conecté por internet a un servicio de rastreo por satélite, digo, si sabe lo que es un satélite, ¿no? O sea, ¡hellooooo!. Obtuve una fotografía digital de la zona; luego utilicé un software de análisis dimensional para no tener que contar las ovejas. ¿Me entiendes? O sea, mil de flojera contarlas yo, o sea, equis wey, ni al caso. Y listo. ¿Captas? ¿O te lo mando por mail?
El pastor se queda un rato, pensativo, mientras el joven batallaba para acomodar uno de los animales en el asiento trasero de su BMW. En eso, el rostro del pastor se ilumina y sonríe levemente. Se acerca al joven, justo en el momento en que terminaba de acomodar al animal en su auto.
– Oiga, joven. Le propongo algo. Si yo adivino a qué se dedica usted, ¿me devuelve mi animal?
El galán piensa para sí mismo: "O sea, este autóctono que se piensa, que puede atinarle a mi trabajo, si ni leer ha de saber el ruco, ¡nada que ver! O sea, ¡qué loser!"
– Ok – contesta el ejecutivo. – O sea, que sueños guajiros de querer adivinar, estás pero si como operado del cerebro. Pero bueno, para que no digan que abuso de los aborígenes. Acepto.
– Muy bien – contesta el pastor. – Tú eres un Consultor.
El joven se queda atónito. Se quita los lentes finalmente para verlo con sus propios ojos. No cabía en su asombro.
– O sea, ¡que loco! No lo puedo creer. O sea, un analfabeta como tú, ¿cómo supiste?
– Pues, ya ve. ¿Me devuelve mi animal?
– Tratos son tratos. Pero, o sea, explícame cómo le hiciste y te lo devuelvo.
– Sí, como no – responde el pastor. – Muy fácil. Mira, llegaste de quién sabe dónde, sin que nadie te llamara. Llegaste y ni me saludaste, ni te presentaste, ni nada. Después, me dijiste algo que yo ya sabía, y además me intentaste cobrar por eso. Y para confirmar todo, se ve que no sabes nada de mi negocio, porque en lugar de una oveja ¡te estabas llevando a mi perro "Solovino"!
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