Lo bueno de incluir la crítica política en un blog es que nuestros políticos mexicanos siempre nos dan material para el cotorreo y la chacota, pero también para la reflexión.
 
Hoy me entero, a través de un artículo de Crónica, sobre una reforma que sacudirá las raíces de nuestra patria o, por lo menos, de un árbol en particular. Resulta que el ínclito Martí Batres, ese símbolo viviente de la lucha social y la intelectualidad de nuestro país, y que actualmente honra a la Patria como Secretario de Desarrollo Social del Distrito Federal, ha dado su apoyo a la delegación Miguel Hidalgo para cambiarle el nombre a un árbol.
 
Antes de que alguien ose soltar alguna prosaica carcajada o siquiera una irrespetuosa sonrisita, debo aclarar que no se trata de un árbol cualquiera. No. Estamos hablando del ahuehuete en donde, supuestamente, Hernán Cortés derramó las de cocodrilo al ver la tremenda madrina que los aztecas le pusieron a sus tropas; y todo por dejar el changarro encargado a un idiota sanguinario como Pedro de Alvarado, en un error que casi le cuesta la derrota al grupo conquistador.
 
Todos los que pusimos atención en la primaria sabemos que el mencionado ahuehuete es el famoso “Árbol de la Noche Triste”. ¿Cuál será el nuevo nombre que recibirá este importante vestigio de nuestra historia nacional? Pues, de aprobarse el cambio, el ahuehuete (o lo que queda de él) recibirá el digno, majestuoso y sublime nombre de “Árbol de la Noche Victoriosa”. ¡Viva Cuauhtémoc, viva Cuitláhuac, vivan los héroes que nos dieron patria! ¡Viva el Árbol de la Noche Victoriosa! ¡Viva México!
 
Debo reconocer que fueron creativos con el nuevo nombre, y evitaron la opción obvia de “Árbol de la Noche Alegre”. O, ya entrados en gastos, y conociendo el afán de nuestros pseudoizquierdosos de bolsillo de ir en contra de todo, pudieron haber propuesto “Tronco del Día Alegre”.
 
Seguramente la Ciudad de México tiene todos sus problemas resueltos con respecto al desarrollo social, para que el Secretario invierta su muy bien pagado tiempo en este tipo de babosadas. Pero más allá de lo superfluo del asunto, aflora una cuestión de idiosincrasia que me parece preocupante. Al llamarlo “Árbol de la Noche Victoriosa” volvemos a ese trauma que aún no se nos quita de ver el asunto como los “malos” españoles contra los “buenos” aztecas (aunque los aztecas, que yo sepa, no eran unas peritas en dulce). No hemos entendido (o por lo menos Batres) que no somos aztecas, ni españoles, sino mexicanos, resultado de la mezcla entre españoles e indígenas.
 
Además, volvemos a resaltar esa forma de pensar del mexicano en la que, ante la escasez de triunfos, nos dedicamos a ensalzar victorias pírricas, pequeñas batallas ganadas en guerras perdidas. De nuevo tomamos ese rol de “campeón sin corona” que tanto nos gusta. “Nos volvieron a eliminar en el cuarto partido… ¡pero le ganamos a Francia!” “Perdimos la guerra con los franceses… ¡pero Zaragoza les ganó en Puebla!” “Estamos cayendo constantemente en competitividad… ¡pero ganamos Miss Universo!” “La guerra contra el narco parece perdida… ¡pero atrapamos a ‘la Barbie’!”
 
¿Árbol de la noche victoriosa? Pequeña victoria para los aztecas, gran derrota para los mexicanos.
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