…no se olvida.

¿De qué se trataba? Ah, sí. La matanza de estudiantes en Tlatelolco en 1968… hace 42 años. Yo todavía no nacía.

Ese terrible evento marcó a toda una generación de mexicanos, y representó un punto de quiebre en la historia nacional. Un antes y un después. Lo que hoy somos se debe, en buena parte, a la matanza de Tlatelolco y todo lo que sucedió en nuestro país como consecuencia.

A partir del 68, algunas personas superaron el evento y siguieron con sus vidas. Otros más se indignaron hasta el fondo de su alma y trabajaron duro, desde sus trincheras, para forjar la democracia que hoy tenemos (sí, a medias y defectuosa, pero mejor que lo que había). Y hubo también algunos que no pudieron superar el trauma y que, cada año, el 2 de octubre, salen a decir lo terrible que fue, se cubren con sus banderas con imágenes del “che” Guevara y se ponen a gritar consignas en contra de un gobierno represor que ya no existe. Estos últimos buscaron solamente venganza y, cuando tuvieron la oportunidad de enfundar a Echeverría en la cárcel, demostraron un IQ similar al ex-presidente de las guayaberas, acusándolo de “genocidio”. Una cosa es una masacre y otra, muy diferente, un genocidio. Por supuesto, Echeverría se libró de la cárcel: nunca cometió genocidio.

Mención especial para aquellos que tomaron el 2 de octubre como su estandarte político para obtener beneficios propios. Veamos por ejemplo a doña Rosario Ibarra, abnegada madre que no dudó en sacar provecho de la muerte de su propio hijo, y transformó un dolor legítimo en una simple consigna que sigue gritando 42 años después, para continuar viviendo del erario. Como muestra de su congruencia, la pudimos ver el 20 de noviembre del 2006 colocándole la banda presidencial patito al Pejeloco, cuando se autoproclamó “presidente legítimo” (¿recuerdan?): para seguir colgada de la ubre, no le importó aliarse con una persona que surgió del mismo régimen que asesinó a su hijo, ni acusar de ilegítimo a un gobierno que en su momento representó la única oposición seria al PRI criminal de esos tiempos.

2 de octubre, ¿no se olvida? Yo creo que ya se nos olvidó. O más bien, como siempre nos pasa, nos quedamos en las formas. Recordamos la masacre, la sangre, los balazos, las fotografías de los estudiantes muertos, la gente corriendo, las familias destrozadas. Pero se nos olvidan las razones de la matanza, sus consecuencias, las acciones de la oposición y las reacciones del gobierno en turno. Una prueba de que ya se nos olvidó la tenemos presente justo en estos momentos: la posibilidad de que dentro de dos años, en el 2012, le devolvamos el poder al régimen que lo perdió por méritos propios.

El 2 de octubre nunca se va a olvidar, pero es momento de cambiar la página. Fue un evento muy importante en la historia reciente de nuestro país. Pero el escenario es distinto. El México de 1968 no es igual al México del 2010. Las condiciones políticas, tanto internas como externas, han cambiado. De nada sirve salir a gritar consignas contra un régimen que ya no existe, con nuestras banderas comunistas y nuestras camisetas del “che” Guevara y de Lenin (absurdo.) Seguramente mañana nos enteraremos de todos los “ninis” imberbes que salieron a marchar por el 2 de octubre, con el único fin de saquear y destruir; jóvenes que ni siquiera habían nacido cuando ocurrió el terremoto del 85 y que ignoran lo que sucedió el 2 de octubre de 1968.

¿Vale la pena recordar un evento de hace 42 años? ¿Vale la pena salir a gritar consignas hacia un gobierno del que muchos de sus miembros ya ni siquiera viven? ¿Vale la pena seguir abriendo heridas pasadas, cuando tenemos frente a nosotros nuestro propio 2 de octubre? Tenemos un país con niveles de inseguridad nunca vistos; una delincuencia organizada que mata a muchas más personas que las que mató el gobierno de Díaz Ordaz esa noche de 1968, metiéndoles balas (o drogas) en el cuerpo; un gobierno que destila mediocridad e ineptitud; un grupo de legisladores que modifican la ley a su antojo, para obtener beneficios propios a corto plazo; un conjunto de partidos políticos que, con gran cinismo, se jactan del control de la política y del poco respeto que le tienen a los ciudadanos; un país que, poco a poco, pierde competitividad, educa deficientemente a sus jóvenes y deja pasar las oportunidades de crecimiento.

Hace 40 años, nuestros padres decidieron hacerse cargo de su futuro, y comenzaron a cambiar las cosas que estaban mal. Vale la pena preguntarnos qué estamos haciendo nosotros ahora para que, dentro de 40 años, nuestros hijos vean esta situación actual tan lejana como a nosotros nos resulta lejana la matanza de Tlatelolco. Para que a las próximas generaciones les parezca tan extraña la idea de un país controlado por el crimen organizado, como a nosotros nos parece extraña la idea de un gobierno que mata a sus estudiantes.

Mejor no. Eso es mucho trabajo. ¡Qué flojera! Es más fácil tomar nuestra bandera con la hoz y el martillo, pintar consignas en unas mantas y salir a gritar a las calles: “¡2 de octubre, no se olvida!” Quizás, en una de esas, consigamos una diputación del PT o del PRD, y a gozar de la vida hasta que al país se lo lleve el tren.

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