Hace unos días se anunció el próximo estreno de una versión, al parecer mexicana, de la película “Marcelino, pan y vino”, aquella joya del cine melodramático con la que nuestros padres nos traumaron y torturaron cuando éramos niños (junto con “Remy” y “Candy, Candy”). Muchos chiquillos dejaron de acercarse a los crucifijos, por temor a que de pronto el Cristo crucificado se volteara y comenzara a hablarles (algo que a mí, incluso ahora, me provocaría una diarrea de dos semanas).

Supuestamente, se trata de una versión actualizada de la película original, aunque parece ser que dicha actualización se limitará a las cuestiones técnicas, pues se ambientará en la época de la revolución mexicana. Menos mal; si se adaptara a estos días, las charlas de Marcelino con el crucifijo serían causadas por un exceso de mota y no por un milagro, y la película terminaría con el suicidio de Marcelino a los pies de la cruz, para no sufrir más abusos sexuales de “fray Papilla”.

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