Quienes tienen mi edad deben recordar la frase que sirve de título a esta entrada. Durante la guerra del Golfo (la primera) entre George Bush padre y Saddam Hussein, Jacobo Zabludovsky dirigía la barra de noticieros de Televisa. En Medio Oriente tenía como corresponsal a la reportera Erika Vexler, cubriendo todos los detalles del conflicto. Pues bien, el día que iniciaron las hostilidades, todos veíamos atónitos por televisión las escenas de los bombardeos sobre Bagdad, cortesía de los sofisticados misiles Patriot, cuya peculiaridad tecnológica consistía en ser autodirigidos y poseer una precisión escalofriante para volar objetivos determinados. La respuesta de Hussein no se hizo esperar, y lanzó un bombardeo sobre Tel-Aviv (¿por qué a Tel-Aviv? Buena pregunta pero, usted sabe, en cualquier pedo en Medio Oriente seguramente Israel tendría algo que ver), en donde se encontraba la pobre Erika Vexler. De alguna manera, Zabludovsky consiguió establecer comunicación con Erika Vexler. La conversación que tuvieron vive en nuestro recuerdo:

– Erika, dime, ¿qué está pasando?

– Nos están bombardeando, Jacobo. Es un ataque nuclear.

– ¿Cómo dices? Repite eso, Erika.

– ¡Es un ataque nuclear, Jacobo! Repito: nuclear.

Fue la última vez que escuchamos a Erika Vexler. Y no porque algún misil nuclear la haya convertido en vapor, sino porque la sacaron del aire y no volvieron a establecer comunicación con ella en mucho tiempo. Hace unos años la volví a ver en un reportaje, de nuevo desde Tel-Aviv, pero con una temática más cercana a un programa de espectáculos que a un noticiero. En otras palabras, la congelaron por un buen rato.

Hay quien defiende a Erika Vexler diciendo que en realidad ella comentaba que la respuesta de Israel podría ser un contra-ataque nuclear. Sea eso, o que la pobre mujer estaba muerta de miedo, la realidad es que no puedes afirmar al aire y en cadena nacional que se está desatando una guerra nuclear.

¿A qué viene este hecho pasado? A que en estas últimas semanas he estado escuchando a nuestros preparadísimos corresponsales en Japón escupiendo babosadas como si fuera concurso, con respecto al tema de la central nuclear de Fukushima. He llegado a escuchar joyas como la de aquel periodista que afirma que en Tokio “la gente utiliza cubrebocas para protegerse de la radiación”… ¿Qué está diciendo? ¿Desconectó su cerebro para poder conectar el micrófono? Desde que yo me acuerdo, las escenas de japoneses caminando en la calle muestran a muchos de ellos utilizando cubrebocas. Tal vez lo usen para evitar contagios de enfermedades respiratorias, o para protegerse de la contaminación, y lo han hecho desde hace mucho tiempo. Hasta mi hijo de 4 años sabe, además, que un cubrebocas no sirve para nada contra la radiación, pero al parecer los cultos periodistas de nuestras televisoras no lo saben. En su gigantesca ignorancia, deben pensar que la radiación es algo que se respira, como si fuera un gas. Espero que nunca los manden a un reportaje al reactor de Laguna Verde, o son capaces de entrar con lentes de seguridad, casco y un pañuelo cubriéndoles la boca.

Otros más reportaban desde el aeropuerto de Tokio que “los japoneses están huyendo del país desesperadamente”, para luego mostrar escenas de un aeropuerto tranquilo, con filas muy largas, sí, pero no más que las filas normales que uno puede ver en el aeropuerto de la Ciudad de México en cualquier día de la semana. Si consideramos que Tokio es una de las ciudades más pobladas del mundo, el aeropuerto sería un pandemonio si en realidad los japoneses estuvieran huyendo por sus vidas. Pero además, los ineptos reporteros se curan en salud: “lo que nos sorprende es la calma y el orden de los japoneses que, a pesar de estar a horas de sufrir una muerte horrible por la radiación, hacen fila con toda calma y sin amontonarse”. Sorprendente, o los japoneses son un ejemplo de orden y tranquilidad, o simplemente no están huyendo despavoridos.

Aclaro: lo que sucedió en Japón es terrible. Un gigantesco terremoto seguido por un destructor tsunami que dejó miles de muertos ha resultado en una gran tragedia. Eso no se discute, como tampoco el riesgo existente de que ocurra un escape de radiación de la central de Fukushima. Lo que me saca de quicio es que los reporteros cubren el evento de Fukushima, con el enfoque de que “puede ocurrir una catástrofe”. Les tengo noticias, señores reporteros: la catástrofe ya ocurrió. Si voltean a un lado, verán a una buena parte del país destruido por un terremoto y un tsunami, con miles de muertos. Pero claro, como la catástrofe nuclear asusta más, el amarillismo de los medios prefiere hacer escándalo con esa nota, en lugar de reportar lo que ya sucedió con el terremoto.

En la guerra del Golfo, a Erika Vexler la vetaron por hablar con poca mesura sobre un ataque nuclear. En la crisis de Fukushima, los “reporteros” pueden decir babosada y media con una cámara y un micrófono, y hasta los llaman “corresponsales”. Tal parece que las clases de ética y profesionalismo a nuestros periodistas de televisión se las imparten en el mismo salón en donde les enseñan inglés… “¿Juayderito, míster Jopkins?”

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