La política mexicana no me deja de sorprender nunca. Estamos ya en el quinto año de gobierno y, como no hay quinto malo, se comienzan a ver las acciones de los políticos que quieren llevarse orejas y rabo.

En esta ocasión, el cornilargo dipuporro del PRI Cristian Vargas se lanzó al ruedo y se encaminó, desde la sede de su partido en Insurgentes hasta el Coso de Insurgentes, para apoyar la propuesta de que en el DF se prohiban las corridas de toros en la Plaza México y darle la puntilla a la fiesta brava en nuestro país. Sorprende el repentino amor por los animales del dipuhooligan (tal vez se siente identificado), porque en la Cámara se comporta como burel banderillado, constantemente partiendo plaza (y muebles) con su civilizado talante.

Pero el dipuporro no va solo. Lo acompaña por el paseíllo el diputado Norberto Ascencio Solís del Partido Verde. Sí, el mismo partido que hace un par de años mostraba buenos arranques por derecha con sus propuestas para establecer la pena de muerte a ciertos delincuentes. Por lo que se ve, el PVEM también va bien por izquierda, y pretende salir en hombros de los “progres” izquierdosos del DF que ayer marchaban para pedir la despenalización del aborto y hoy lo hacen por la prohibición de las corridas de toros, con lo que demuestran que, para ellos, vale más la vida de un toro que la de un ser humano en gestación. Pero la congruencia no importa; lo que el Partido Verde quiere es recuperarse un poco, ya que ha perdido mucho cartel en las últimas temporadas. Es evidente que con esos desplantes pretenden arrancar el aplauso fácil de los villamelones.

Ahora la propuesta se revisará en la Comisión de Administración Pública del DF. Vale la pena ver desde la barrera este encierro con la Comisión, para ver si deciden tomar al toro por los cuernos y prohibir esta arraigada tradición, o si solamente la capotean con un pase en redondo y la regresan tal cual a los toriles, aplicando un indulto a la tauromaquia.

Claro que el que no se iba a quedar en los callejones es el ínclito empresario de la monumental Plaza México, don Rafael Herrerías. El mafioso empresario salió con brío desde el burladero para entrarle al quite cual monosabio (más mono que sabio) y, con sus características florituras y chicuelinas verbales, ha dicho que tendrán que pasar sobre su cadáver para cancelar la fiesta brava. Mal hace el empresario, pues puede aparecer algún espontáneo de entre las filas de los más fanáticos ecoterroristas para aplicarle una estocada bien colocada, de esas que tocan pelo y obligan al burel a buscar de inmediato las tablas. Es obvio que el empresario va a salir a defender su modo de vida, pero por sus floridas expresiones e insultos puede ocurrir que su montera caiga con los picos hacia arriba.

Por mi parte, la fiesta brava me genera sentimientos encontrados. Todo el ritual que rodea a la tauromaquia me resulta intrigante y el ambiente de la plaza me gusta, aunque también reconozco que es una salvajada de espectáculo. Probablemente quedaré satisfecho con lo que ocurra sin importar la decisión de la ALDF, pero si deciden cancelar la fiesta brava, extrañaré mucho las corridas de los domingos por la tarde en la televisión, y tendremos que despedir a esta tradicional celebración como merece, entre palmas y con arrastre lento.

Lo que sí me parece oportunismo es la tajada política que buscan los legisladores. Si los defensores de los animales quieren eliminar las corridas de toros en México, basta con que dejen al Sr. Herrerías que siga con sus manejos de la Plaza México y la fiesta brava eventualmente no servirá ni para el arrastre. Los legisladores proponen reformas para que dejen de morir toros, pero no promueven las reformas a los esquemas de seguridad para que dejen de morir personas. ¡Olé!

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