Steve Jobs en el evento MacWorld 2005 (fuente: http://www.flickr.com/photos/mylerdude/3563553/ {cc-by-2.0})

Ayer me dio mucha tristeza enterarme de la muerte de Steve Jobs. Más aún como profesional de informática.

Steve Jobs nunca fue santo de mi religión (por cierto, Bill Gates tampoco). No me gustaba su filosofía de sistemas cerrados y elitistas, y siempre he considerado que los productos Apple son mucho más caros de lo que deberían ser. Sobre todo, me desagradaba la actitud de vendehumos de Jobs, aprovechándose de su fiel mas no siempre inteligente horda de seguidores incondicionales, para venderles cualquier cosa a precio exhorbitante.

Sin embargo, Jobs fue un visionario y un líder carismático que tenía el poder y la influencia suficiente para llevar a la tecnología al rumbo que él quisiera. Todos bailaban a su ritmo.

Un ejemplo de esto es el iPhone. El celular de Apple no era realmente tan innovador: las funciones de smartphone, navegación y música ya las incluían muchos teléfonos con anterioridad. Incluso la pantalla táctil tenía rato de existir en los teléfonos Treo de Palm. Además, como celular no era tan bueno: su recepción de señal era débil y carecía de varias funciones disponibles en otros teléfonos. Sin embargo, bastó con una muy buena pantalla, una excelente interfaz y un diseño apantallador para que el resto de la industria se moviera en esa dirección. Pronto comenzaron a aparecer los teléfonos de pantalla táctil de otras marcas, muchas de ellas superando con creces al iPhone y a un precio menor, a tal grado que al día de hoy cualquier teléfono que no tenga pantalla táctil luce primitivo y obsoleto. Si el iPhone sigue dominando un segmento del mercado, se debe a que su diseño sigue siendo vanguardista, al estatus “chic” que el aparato le otorga al que lo usa y a la indecisión de Nokia de reemplazar al Symbian con el Android.

Steve Jobs

Image by DonkeyHotey via Flickr

Para mí, los productos realmente innovadores de Apple han sido dos: la mítica Apple MacIntosh y el conocido iPod. La primera Mac, una pequeña computadora con pantalla blanco y negro de aspecto muy “amistoso”, integró innovaciones que en ese momento eran revolucionarias: una interfaz gráfica integrada desde el sistema operativo, la aplicación masiva del uso del ratón (un lujo en las PCs de la época) y el uso del en ese entonces novedoso diskette de 3.5 pulgadas; el aparato promovió la creación de las interfaces gráficas en las PCs y “obligó” a Microsoft a desarrollar su sistema Windows para conservar mercado. Lo demás es historia. Y por parte del iPod no hay mucho que decir: todos conocemos la manera en que el pequeño aparatito generó todo un cambio en la forma en que escuchamos, compramos y compartimos música.

Esto es lo más valioso que encuentro en la filosofía de Steve Jobs: el hombre lograba sacudir a la industria en los aspectos donde consideraba que los principales jugadores no estaban haciendo su chamba y, como resultado, se lograba una revolución en las áreas tecnológicas en las que Jobs metía las narices. Ese es su legado.

Admiro también la forma en que Jobs siempre trató de que sus productos tuvieran la mayor calidad posible, abarcando en este sentido desde sus computadoras Mac, sus teléfonos, sus iPods y sus películas de Pixar. La calidad y facilidad de uso de los productos electrónicos de Apple no se discuten; bien haría Microsoft en emular no sólo el aspecto visual de la interfaz de la Mac, sino también la calidad de su plataforma.

Hemos perdido a un visionario. Una persona que cumplió el ideal de trabajar para que el mundo hoy sea mejor. Descanse en paz Steve Jobs.

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