Me entero en las noticias de un incidente que ocurrió poco antes de la reunión entre Javier Sicilia y el Presidente, en el Castillo de Chapultepec. Resulta que, al llegar al lugar, la seguridad presidencial intentó hacer una revisión de rutina al Sr. Sicilia y a sus acompañantes. Esto fue suficiente para que don Javier se sintiera ofendido y amenazó con abandonar el lugar y dejar plantado al Presidente.

“Nos están haciendo una revisión protocolaria. Nosotros no aceptamos esa revisión porque hemos demostrado que somos un movimiento ético y digno. Yo represento a este movimiento y si tratan como sospechosos a la gente de mi movimiento, me están tratando como sospechoso a mí”, dijo.

Señor Sicilia, lamento muchísimo la muerte de su hijo y comparto muchas de las ideas de su movimiento; pero, con todo respeto, NO MAME. Usted está visitando al Presidente de la República, no a su compadre Chencho ni a su jefecito Andrés Manuel; usted, como cualquier ciudadano (porque usted es un ciudadano cualquiera, como yo) debe acatar y respetar las leyes y los protocolos. ¿Por qué tendrían que darle un trato preferencial? ¿Por su linda cara? Valiente ejemplo da con esas actitudes, demostrando que, para usted, es válido que algunas personas se brinquen las reglas sólo porque son “privilegiados” o “famosos” o, como usted dice, “éticos y dignos”.

Dijo usted también: “si el Señor Presidente llega a mi casa no lo voy a detener en la puerta porque sospecho de él, o el secretario José Francisco Blake Mora o el secretario Roberto Gil. Estamos pidiendo un trato de deferencia ciudadana”. Creo, señor Sicilia, que urgentemente necesita ubicarse. Usted es un poeta y escritor muy mediocre, que se hizo famoso por su triste tragedia personal. Ese hecho le da gran legitimidad a su movimiento, pero sus actitudes y su búsqueda de protagonismo, poco a poco, le están restando esa legitimidad a sus acciones. Usted es el primero que debería demostrar, con el ejemplo, que todos los ciudadanos debemos respetar las leyes y las reglas.

Le platico una historia, don Javier. Hace unos años, un gran grupo de personas comenzó a pensar que, al igual que usted, no era necesario hacer fila o cumplir con un trámite: bastaba con tener una amistad, una influencia, una palanca o una “mordidita” para conseguir lo que querían. Posteriormente, algunas de esas personas comenzaron a creer que tampoco deberían respetar un semáforo en alto, un letrero de “no estacionarse” o una obligación fiscal. No pasó mucho tiempo para que un grupo más reducido de esas personas decidieran dejar de pagar impuestos y, después, empezar a hacer negocios cuestionables o poco éticos. Algunos de ellos dieron el siguiente paso y comenzaron a dedicarse a actividades fuera de la ley: contrabando, robo, secuestro y narcotráfico. Ya en ese punto, unos cuantos se dieron cuenta que podían armarse con rifles y metralletas para matar primero a quienes les competían en el negocio, luego a las autoridades que trataban de imponer la ley y finalmente a cualquiera que los viera feo o de pronto les cayeran mal no más porque sí.

Y un trágico día, uno de esos tipos mató a su hijo, Don Javier.

Porque todo delincuente comienza su camino cuando deja de respetar pequeñas leyes y reglas, aunque parezcan absurdas o irrelevantes como, por ejemplo, la revisión de seguridad por la que debemos de pasar cuando nos vamos a reunir con el Presidente de la República.

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