Los de mi generación (o más viejos) y los aficionados al cine mexicano seguramente conocerán esta película mexicana de inicios de los 80. La trama, según recuerdo, hablaba sobre un perro que aparece muerto en la plaza de un pueblito. Las autoridades se hacen tarugas y nadie levanta al perro, lo cual resulta un problema porque está próxima la fiesta del pueblo y el perro estorba. Es una típica película de comedia y sátira que critica a la burocracia que caracteriza a nuestras autoridades, junto con algunos chistes variados (buenos y malos) y la infaltable escena gratuita de desnudo de la encueratriz del momento. Al final, simplemente barren los huesos del perro después de que se lo comen los zopilotes, no sin antes haber bañado al pueblo con el olorcito de su descomposición.

La referencia viene al caso porque ayer lunes ocurrió algo en mi casa que alcanza los niveles de surrealismo de la mencionada película. Resulta que la doña que nos ayuda con la limpieza de la casa encontró una bolsa de plástico en el centro de nuestro jardín. Pensando que mi esposa le había dejado esa bolsa para que recogiera la basura, intentó levantarla. Al darse cuenta de que tenía algo dentro, procedió a abrirla. En ese momento, la pobre señora recibió de forma directa e intensa un olor similar al de un chairo después de 10 días de “plantón” en el Zócalo: dentro de la bolsa había un perro muerto. ¡Qué digo muerto! Putrefacto, inflado, mosqueado, engusanado y a punto de reventar. ¡Guácala!

Al final el asunto se resolvió gracias al jardinero de la colonia que se llevó la bolsa y su extraño contenido por una propinilla. ¿Qué hizo con él? No lo sé, aunque me dicen que por la noche el taquero de enfrente tuvo oferta de 2×1.

Ahora bien, ¿de dónde diablos salió ese perro? Después de sesudos análisis y simulaciones por computadora, mi esposa y yo concluimos que no es factible que lo hayan arrojado desde la calle: la barda es muy alta y la bolsa no estaba tan ligera. Además, por las condiciones del fétido canino, seguramente hubiera reventado en la caída y la bolsa se habría abierto, dejando salir tripas, gusanos y melcocha. Nuestra conclusión es que ‘alguien’ entró por la puerta que da al jardín (la puerta de mi jardín no cierra con llave) y lo dejó justo en medio del terreno. Eso fue en algún momento del fin de semana, ya que estamos seguros de que el viernes la bolsa no estaba en el jardín.

La pregunta ahora es, ¿quién es capaz de semejante acto? Según el olor y de acuerdo a los comentarios de la señora que limpia, ese perro ya tenía más de una semana de haber colgado los cacles (y considerando que ella se aventó la bocanada directa de intenso hedor, le creo). ¿Quién, en sus cabales, podría guardar un perro muerto en una bolsa, dejarlo ahí pudriéndose unos días, y después cargarlo y dejarlo en el jardín de un vecino?

La siguiente pregunta, lógicamente, es ¿por qué?

Hasta donde sabemos, no tenemos pleito con ningún vecino. O, por lo menos, no al grado de que alguien decida dejar un perro muerto justo en el centro del jardín, con el riesgo de que lo descubriera alguno de mis niños, provocándole un trauma de varias semanas sin dormir y unas náuseas peores que las que dan al ver “Sabadazo” en la tele. O hasta una enfermedad por infección.

Fuera de broma, sí estamos preocupados. Quien haya sido capaz de este absurdo y asqueroso acto debe tener un daño mental considerable, y puede ser capaz de cualquier cosa… ¡qué miedo! Por lo pronto, ya les reclamamos a los guardias del vecindario; la verdad dudamos que haya sido un vecino del fraccionamiento, pero entonces, ¿cómo es posible que una persona ajena a la colonia haya podido entrar cargando una bolsa con un perro hediondo putrefacto, hasta meterse al jardín de una casa, dejarlo ahí y salir como si nada?

Por lo pronto, seguiremos investigando sobre este misterioso asunto. A ver qué pasa.

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